viernes, 1 de diciembre de 2017

Diciembre, todo a la balanza

Son las 2:45 de la madrugada. El mundo duerme. Bueno no. El mundo no. El Hemisferio Sur duerme. Bueno, no tampoco. Sudamérica duerme. ¿Tendrá sueño Sudamérica? No creo.

En Colombia, algún alma imsomne andará dando vueltas en la cama, procurando poder dormir finalmente.

Mejor lo simplifico. En mi ciudad todos duermen. Se oyen los grillos. Hay una luciérnaga dando vueltas por mi terraza, titilando en la oscuridad de manera intermitente como un foquito de luz a punto de quemarse.

A mi genio creativo le gusta salir de su lámpara por la madrugada, cuando el todo el mundo (bueno, ya expliqué que el mundo entero no, pero se entiende) duerme.

El día que encuentre a mi Aladín interno le voy a regañar fuertemente por andar frotando lámparas y pidiendo deseos a altas horas de la noche.

Debe ser de otro país. Aladín digo. De otra forma no me explico que tenga los horarios tan cambiados, y ordene salir al genio cuando yo quiero dormir; que mañaba (bueno, hoy) tengo que levantarme a las siete de la mañana.

Mi genio creativo de cuerpo de humo ya está aquí, mirándome de frente, me implora que escriba estas líneas.

 -Escribí, escribí...- me dice.

-Quiero dormir, quiero dormir- le contesto.

El genio no es extranjero como Aladín, estoy segura de que sí que es argentino, porque me contesta:

 -¿Y a mí qué me importa? Ya salí de esa lamparita de morondanga, ahora haceme el favor... escribí.

- ¡Ah! ¡Pero que viveza la tuya! ¿Acaso sos vos quien se tiene que despertar a las siete de la mañana?

-No, no. Pero ¿Cómo se te ocurre que escriba yo? Estoy hecho de humo ¡Jelouuuuu! ¿me ves?

-Ok. Hablemos entonces. ¿Acerca de qué querés que escriba?

-Hablemos de diciembre.

-¿Diciembre?

-Si, diciembre... Papá Noel, comilonas de fin de años, arbolitos, ya sabés... lo de siempre. Paz y amor. Lucecitas en las casas. Compras desenfrenadas, duendes yankees, fiestas de fin de año, sidra y pan dulce. Eso, diciembre. Medias en la chimenea.

-Disculpame, pedazo de genio...- para mis adentros, pienso que este genio es un pelmazo- ...pero diciembre es mucho más que eso. Además, en el hemisferio sur las fiestas de fin de año son: calor, transpiración, ropa pegada al cuerpo, cuarenta grados centígrados en plena noche.

"Y no usamos chimeneas. ¡Tampoco medias! Imaginate, un poco más y queremos andar desnudos ¡qué vamos a usar medias! ¿Estás loco?

Diciembre es mucho más que la ensalada de frutas después del asado de Navidad. Diciembre es un mes de balance, de reflexión, de evaluación."

-Si el mes de las evaluaciones cuando no aprobás la materia del colegio. No, no. No me estás entendiendo... diciembre: fiesta, joda, chupi, y helado de postre si así te gusta más señora con calor del hemisferio Sur.

-Escuchame un cachito, genio...encima que me venís a las tres de las mañaba a romperme los kinotos, me salís con cualquier gansada. Diciembre es el mes en que se renuevan las energías planetarias, es un mes de cerrar un capítulo y prepararse para escribir uno nuevo. Es el anticipo del año que se avecina... es...

-¡Pufffff! Mirale vos a doña artesana con calor del hemisferio Sur, hablando de energías planetarias. ¿No te basta enredar los hilos y destejer muñecos? ¿Energías planetarias? ¡Fuaaaa!

-Disculpame querido, doña artesana lee ¿sabés? Lee, curiosea, investiga. Además las culturas antiguas ya lo sabían...

-¿Sabían de joda y chupi? ¡Claro que sí! ¡Esos sí que sabían divertirse! Ahí le tenés al señor cuernitos, dios del vino ¿Cómo se llamaba ese con las patas de carnero?

-¡Noooo! Me refiero a que sabían lo de las energías planetarias.

-Bueno, dale. Ponele. Hablemos de diciembre de una vez, que vos con tu discurso sabiondo ya me estás dando sueño...

Diciembre para mi es un mes de introspección. Diciembre es poner once meses en la balanza y decir: "No alcanzé los objetivos que me propuse, si Dios me lo permite, y me otorga otra oportunidad, viviré el siguiente año. Esta vez, me esforzaré un poco más."

O decir: "¡Lo logré! Alcanzé mis objetivos y si Dios me lo permite el año que viene iré por más."

Todo va a la balanza: alegrías, tristezas, logros, fracasos. Aventuras, rutinas. Experiencias nuevas y repetidas. Amor dado, amor recibido. Momentos compartidos, lecciones aprendidas. Todo.

Si, también cantidad de muñecos tejidos y pedidos terminados. También eso. ¿A cuántos niños hice sonreír este año, aparte de mi hijo cuando le hago cosquillas o caras de payaso? ¿Cuánta felicidad construí a mi alrededor haciendo lo que amo?

Diciembre. Todo a la balanza.

¿Cuántas caras y nombres nuevos? ¿Cuántas sonrisas? ¿Cuántos reencuentros?

El genio de mal genio se durmió con mi discurso meloso. Mejor. Porque yo también tengo sueño.

Empieza diciembre y yo me arrincono en algún oscuro rincón de mi alma para tomarme el examen de fin de año.

Me tengo fe. Hice la tarea. Estudié mucho. Di lo mejor de mí. Yo creo que voy a aprobar esta vez. El 2017 es y ha sido un año luminoso y maravilloso para mí.

Comencé este Diario, que tantas satisfacciones me ha dado. Tuve la oportunidad de que miles de personas me leyeran. Y otras miles utilizaran mis tutoriales y publicaciones para resolver un problema artesanal en el blog de Aramela Artesanías. Hice felices a una decena de niños (y no tan niños) que amaron sus amigurumis. Y casi un centenar de bebés prematuros recibieron su pulpito solidario.

Conocí virtualmente a colegas de Iberoamérica y comparto sus trabajos e historias en la Fan Page de Aramela Artesanías. También conocí personalmente mujeres talentosas, con un corazón tan enorme que me siento bendecida de haber vivido experiencias hermosas junto a ellas.

Comencé a escribir mi futuro primer libro. Aprendí cosas que jamás soñé aprender. Ahora se lo que significa SEO y copywriter.

Diciembre te recibo con los brazos abiertos ahora que el genio gruñón se fue a dormir.
Te recibo con el corazón rebozante de felicidad y el alma llena de gratitud. Gratidão, como dicen mis amigas brasileñas. Sin duda, una de mis palabras preferidas en portugués; ya que nunca imaginé que este año iba a terminar entendiendo conversaciones enteras en ese idioma, o que a través del amor iba a poder comunicarme con colegas que no hablan español.

En la balanza de este año pesa más el amor que dí, aunque lo equilibra en buena parte, la cantidad enorme de amor que recibí.

2017. Un ovillador casero de hilo para no enredar la madeja y agujas de crochet para no destejer tanto. ¡Y hasta pantuflas nuevas!

Mis queridas lectoras. Las invito a aprovechar el vientito fresco de las nuevas energías planetarias para poner todo en la balanza e imaginar ese nuevo proyecto que van a empezar, llamado 2018.

Imaginen tejer la trama del año que se avecina, con dedicación y pasión. Imagínenlo y veánlo en su mente como si ya estuviese terminado. Guarden esa imagen. Saquénle una foto. Hagánle una captura de pantalla.

Hagan lo mismo que hacen antes de iniciar una nueva artesanía, un nuevo tejido: visualícenlo como si ya lo tuvieran en sus manos. No tengo que decirles que visualicen con amor, porque ningún artesano trabaja con sus manos por obligación. Ninguno. Un artesano sería incapaz de imaginar un proyecto sin entuasiasmo.

Volvamos a la imagen ¿la tienen? Grábenla a fuego. Recuérdenla.

Recuérdenla bien. Porque les prometo que va a suceder algo mágico, algo que sucede cada vez que diseñan su próximo proyecto artesanal. Al tomar su aguja, su pinza, o su herramienta de trabajo, van a empezar a dotarle de vida a esa nueva obra de arte...

¡Pero eso es sólo el principio de la magia! Al finalizar la tarea, va a suceder lo que pasa la gran mayoría de las veces que nos entregamos a nuestras manualidades con pasión: va a quedar mejor de lo que esperábamos. No como lo visualizamos. No cómo lo grabamos en la mente. Mejor.

Y ese es mi deseo para todas ustedes, mis queridas lectoras: que su flamante 2018 les quede mejor de lo que ustedes mismas imaginaron.

Que aunque es preciso que tengamos muy claro lo que queremos alcanzar, también hay que darle espacio a la Vida, tan maravillosa y milagrosa, para que nos toque con su varita mágica, haga salir al genio de su lámpara y nos brinde algo todavía mejor de lo que somos capaces de soñar.

Buenas noches.

Y a vos Aladín extranjero...¡ya te voy a encontrar!








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lunes, 6 de noviembre de 2017

Los pensamientos son cosas

Creemos que nuestros pensamientos no tienen importancia porque no los vemos, creemos que no producen consecuencias en el mundo físico porque no podemos tocarlos...

Hoy aprendí algo que sabía en teoría y que de vez en cuando tomaba conciencia e intervenía de manera voluntaria para modificarlo: tengo que poner cuidado en lo que pienso.

Por la tarde reflexionaba en lo efímera que es la vida, en que estamos aquí un instante. En que de un momento a otro y sin previo aviso se nos puede "apagar la luz"...

Unas horas después estaba en con mi familia, charlábamos en una vereda, y una moto fuera de control con dos pasajeros se estrelló a unos centímetros de nosotros.

La moto subió a la vereda donde nos encontrábamos. El motor se apagó súbitamente quedando la moto frenada justo al lado de la pierna de mi papá que sostenía en brazos a mi hermanito de dos años. A mi derecha mi madrastra, que me corrió de un empujón; a mi izquierda mi concuñada con mi sobrino de diez meses.

Mi marido y mi hijo, un minuto antes de la colisión de la motocicleta con el cordón de la vereda, habían ido a caminar hasta la esquina.

De los pasajeros de la moto, uno salió ileso, la otra chica si fue al hospital, al parecer con heridas leves.

No puedo evitar responsabilizarme por mis pensamientos. Es cierto, yo no manejaba esa motocicleta y pude haber estado en cualquier otro lugar en el preciso momento del accidente.

Pero pienso en cuanta casualidad y la relación que había entre lo que acababa de suceder y en lo que yo pensaba sólo unas horas antes.

No todos los días me despierto y me digo "hoy voy a reflexionar en la finitud de la vida" u "hoy me voy a recordar con mucha vehemencia lo corto que es nuestro tránsito por el mundo". No.

Generalmente me despierto y pienso en todas las cosas que tengo que hacer, o me fijo los logros que quiero alcanzar ese día. Mi cabeza y mi día suelen ser una larga lista con ítems para tachar.

¿Porqué me puse a pensar en eso justo hoy? No sé. Quizás porque me di cuenta que en vez de hacer anotaciones de tareas pendientes podría empezar a hacer listas con los besos y abrazos que quiero dar a mi seres queridos, o escribir como pendientes esas salidas terapeúticas con mis amigas que postergo para después por falta de tiempo.

Quizas podría usar el teléfono para algo más que editar fotos y videos de artesanías o mandar whatsapp para avisar cosas sin importancia. Podría usarlo tal vez para llamar a mis hermanos y preguntarles como están. O simplemente para decirles cuanto los amo.

Porque al final de todo ¿Qué es de verdad importante?

Si esa moto no hubiese frenado al lado de la pierna de mi papá, a estas horas es posible que él, mi hermanito, mi madrastra, mi concuñada, mi sobrino de diez meses y yo, muy probablemente estaríamos en el hospital. Fue una desgracia con suerte, por decirlo de alguna manera.

Cuando una hora después me dejaron de temblar las piernas del susto, comprendí rápidamente la conexión entre lo sucedido y lo previamente pensado: estamos aquí un suspiro de tiempo. En cualquier momento inesperado una motocicleta fuera de control puede subirse a la vereda, chocarme de frente y enviarme contra una vidriera.

¿Qué es de verdad importante para mí como para hacer que ese suspiro de vida valga la pena?

Y sobretodo... ¿Cuáles de todos los millones de pensamientos que tengo al día significan realmente algo?

Porque la vida misma acaba de mostrarme de manera práctica como lo que pensamos se refleja en la realidad. Me acaba de enseñar que los pensamientos son cosas y que el hecho de que no los veamos no quiere decir que no produzcan un efecto tangible en el mundo real.

Eso lo sabía en teoría, claro. Recién ahora lo aprendí de verdad.

A partir de este momento, me veo en la imperiosa necesidad de prestar más atención a lo que pienso, desechar los pensamientos inútiles con firmeza y conservar los importantes... para seguir pensando en ellos. Para que produzcan los resultados deseables que quiero experimentar.

Creemos que lo que pensamos no es nada, que no generan las situaciones que vivimos a diario. Los pensamiento podrán ser invisibles, pero a cada momento estan moldeando nuestra propia realidad.

Si estamos aquí un suspiro es mejor pensar en lo fabuloso que es estar vivos, y no en lo pasajero de nuestra existencia.

Moraleja: 

-Tengo que prestar más atención y pensar con conciencia.

Nota mental:

-Permanecer en la vereda no es tan seguro como yo creía.
-Que bueno es estar viva para escribir y compartir con ustedes estas líneas.
-Recordarme más a menudo: los pensamientos son cosas y moldean a cada momento la realidad que vivo. ¿Cómo quiero que sea esa realidad? ¿Aterradora o bella? 

Todos tenemos la libertad y el poder de elegir que pensamos. Libre albedrío, lo llaman.






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domingo, 1 de octubre de 2017

Libro, pañucollar, los chinos y mi gratitud infinita


Anduve medio polémica en los últimos post. Medio beligerante. Ultra reflexiva.

Después de las benditas botas a crochet nunca más recuperé la performance pero tampoco me preocupé tanto.

Creo que llegué a los niveles más altos de stress que soy capaz de soportar. Debía oprimir los frenos, para la maquinita... empezar todo otra vez.

Asi que aquí vuelvo, recién resucitada, recontra motivada, con un nuevo post para este blog que tantas satisfacciones me ha dado en el el último mes. Mensajes de lectoras y amigas arengándome, alentandome a seguir. Feedback positivo. Personas que disfrutan de mi estilo para expresarme y mi manera de escribir.

O sea...¡gente! Así como escribo y hablo aquí, así también me expreso en mi vida cotidiana. Y  los temas que toco en este blog también son los mismos con los que torturo a mi marido por las noches, y a mis amigas en las reuniones.

En fin.

La recepción que tuvo la fan page del Diario también me ha asombrado bastante, ya que comentan e interactúan más allí que aquí en el blog.

¡Y se siente tan lindo! Se siente bien que ustedes me lean, pero por sobretodo, me emociona que se reflejen y se identifiquen con mis aventuras y peripecias. Me alegra saber que no sólo a mi me pasan las cosas que me pasan. Tambien le ocurren a ustedes. Es bueno saberme acompañada por todas y cada una de las personas que están del otro lado.

Y en lo que respecta a mis aventuras, no he tenido grandes desafíos estas semanas. No más botas de crochet hasta la semana que viene en que tengo que comenzar un par nuevo para otra amiga. Esta vez simplificaré la cuestión y la tejeré sin contrafuerte, sin taco chino, y ademas ya tengo la experiencia adquirida de la primera.

Los dolores de cabeza ya los tuve todos y con bastante potencia, así que confío en que este nuevo par no traerá mayores complicaciones.

No veo la hora de terminar todos los pedidos pendientes y comenzar mis vacaciones. Me propuse tomarme todo el mes de diciembre para "descansar".

Bueno, entrecomillada la palabra porque quiero dedicarme a terminar esos muñecos que empecé hace cuatro siglos atrás y para meterme de lleno al libro.

Ahhh ¿no lo mencione antes? Empecé a escribir el libro de este Diario. En post anteriores comenté que tenía mucho deseos de escribir un libro, pero no sabía de qué. Ahora ya sé, y voy por el tercer capítulo de once.

Mis aventuras artesanales se desviaron bastante a recabar información en cómo maquetar un libro, que formato es el más recomendable (digital o impreso) a buscar editoriales, y averiguar un poco de que se trata ese mundo nuevo en el que muy pronto me estaré introduciendo.

Todas las sandeces que leen aquí, ampliadas y mejor expresadas es lo que encontrarán en ese libro. Además de un anexo donde escribiré las máximas que rigen mi oficio, las cosas que creo que de verdad son importantes y que todo artesano que se precie de tal debiera de tener o adquirir para darle un enfoque "holístico" a su trabajo.

También incluiré mi visión utópica de nuestro oficio a futuro, y un análisis exhaustivo de la realidad que vivimos hoy como artesanos, como trabajadores autónomos que queremos dar a conocer lo que somos capaces de crear con nuestras manos.

Ese libro, es mi deseo que conjugue mis vivencias, memorias y principios fundamentales para que no sólo se vean reflejados en lo que escribo o como lo escribo, sino que también les sirva para algo más que pasarse un buen rato leyendo. Que las ideas que contiene les resulten de utilidad a la hora de desempañarse en su oficio.

Ojala, Dios lo permita y lo consiga.

En fin.

pañucollar o pañuelo collarTambién he terminado unos cuantos muñecos,   y me embarqué en un producto nuevo: el pañucollar, o pañuelo collar, o pañuelo con dije. Como se llame. Es la misma cosa.

Este nuevo producto fue sugerencia de mi amiga Laura, porque por esta zona ahora están haciendo furor y se pusieron de moda.


Aunque no tenía muchas ganas de meterme en un nuevo lío me fui a gastar la mitad de mis ahorros en insumos para fabricarlos. Tampoco soy muy amante de fabricar lo que está de moda pero cuando me quise percatar de lo que estaba haciendo, ya me vi con una bolsita llena de accesorios y chucherías que dentro contenía la mitad de mi fortuna.

Lo he dicho en un grupo de bijouterie en el que posteé fotos de los pañucollares y a mis clientas, que estos no tenían casi nada de artesanal, salvo el hecho de que yo los armaba.

Aún así tuvieron buena recepción y ya los vendí todos. Pero me quedó clavada esa espina de que no era un producto artesanal en el verdadero sentido de la palabra, ya que los accesorios de metal que lleva son comprados (y muy probablemente fabricados en China) y el pañuelo en sí es una tira de tela de modal o de lycra de verano que tiene la característica de poseer una buena caída y no deshilacharse.

Si no fuera una dinosauria creyente de que un verdadero artesano debe fabricar todas o al menos varias de las piezas que contiene un artículo, no tendría ninguna espina y a estas horas estaría celebrando el éxito en las ventas.

En fin.

Retomando el tema de los chinos, he visto un video donde explicaban porque son tan buenos empresarios, y un poco disminuyó mi habitual aversión hacia ellos. Nosotros los occidentales tenemos mucho que aprender de estos amarillitos bajitos y simpáticos. No por nada son la fábrica del mundo.

No es que los odie ni nada. Pero creo que todos los artesanos en menor o mayor medida sentimos hacia ellos un antagonismo natural, especialmente cuando los clientes comparan el precio de un muñeco de peluche fabricado en China y que se adquiere en el polirubro del barrio, con el precio del amigurumi que tejo y me insume cuatro días de confección.

En esos casos me suelo convertir de pronto en una perra rottweiler y me entran ganas de masticar un chino y gruñir a un cliente.

Pero bueno. El cliente no sabe y los chinos no tienen la culpa. Tienen una visión diferente de cómo hacer negocios y por eso les va tan bien. Eso sí, de artesanal lo único que tienen son sus dragones de papel de Año Nuevo, y pare de contar, señora.

Y bueno.

No tengo mucho más de relevancia que comentar. Muchas de las cosas que se me van ocurriendo las he ido posteando en tiempo real en la fan page, que posee la gran ventaja de ahorrarme muchísimo tiempo en la búsqueda de imágenes y la edición del post.

Es decir, ahora tengo un medio más rápido y efectivo para escribir mis locuras casi al mismo tiempo en que sobrevienen a mi cabeza. Asi que ¡sálvese quien pueda! Que tengo no sólo soga para rato, sino libro en camino y ¡ademas estoy ultra motivada!

Quiero expresar una vez más mi infinita gratitud hacia todos y cada uno de ustedes, por estar ahí del otro lado, por compartir sus historias de vida conmigo, por los elogios, por decirme que por medio de mis palabras ayudo a muchas compañeras artesanas, por alentarme a seguir y por el tremendo honor que me hacen cada vez que disfrutan de la lectura de mis textos. Y si sonrién, o ríen a carcajadas ¡es todavía mejor!

Gracias de verdad, la ultramotivación se la debo a ustedes.

¡Gratitud infinita!








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Las artesanías no pagan las facturas 

 





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domingo, 24 de septiembre de 2017

Las artesanías no pagan las facturas

Di vueltas como una calesita durante varias semanas hasta decidirme a escribir este post. Y varias semanas más hasta dignarme a publicarlo.

Di vueltas porque por un lado siento que lo que yo viví puede servir de experiencia para alguien más, sin embargo recordar determinados episodios pasados y desagradables no es algo sobre lo que me emocione escribir.

Todos estos sentimientos turbulentos y encontrados que he vivido las últimas semanas detonaron con los comentarios que mi tocaya neuquina Ceci G. hizo en uno de los posts anteriores.

Ser artesano/a ¿un oficio o un pasatiempo? En su caso, y como ella lo describió muy bien, su arte no paga las facturas ni le da de comer.

Ajustense los cinturones porque hoy me voy a poner cruda, cruda -créanme crudísima- y voy a tratar de desmenuzar esta cuestión de la manera más objetiva posible.

Pero vamos por partes, dijo Jack "El Destripador", porque empecé por la mitad de la reflexión y a esta altura ni yo entiendo lo que intento decir.

Ser artesano, como afirmé en posts anteriores es un oficio digno como cualquier otro. Ahora bien, social y culturalmente, arraigadísima en nuestra psique colectiva está la idea de que no, señor, es un hobby, bonito, divertido, hermoso... más no se puede vivir de ello.

Los hechos parecen afirmar que se trata de un pasatiempo. Ceci hace unos trabajos de ensueño en patchwork, pero sus potenciales clientes compran toallas en el hipermercado más cercano a su domicilio.

Tengo amigas tejedoras, modistas, las que  moldean en porcelana fría, que hacen macramé, vitrofusión o scrapbooking pero todas ellas son profesionales en otras áreas, o tienen un empleo fijo que costea sus gastos.

O bien, son amas de casa como yo, que poseen la dicha y la suerte de tener un marido trabajador que lleva el pan a la mesa cada día.

Con esto que digo no les estoy alentando a que salgan corriendo a buscarse un marido que les mantenga así pueden renunciar a ese maldito empleo que aborrecen, y poder entonces zambullirse alegremente en sus hilos, lanas, telas, arcillas y demás.

De hecho, si lo hacen se van a encontrar en la curiosa situación de que trabajan a tiempo completo los siete dias de la semana, los trecientos sesenta y cinco días del año, como me ocurre a mí.

Mientras sus maridos proveedores estiran las patas arriba del sofa y miran la televisión al término de su jornada laboral, ustedes están con el teléfono en la mano cerrando una venta con un nuevo cliente, o metidas en sus ordenadores programando las publicaciones en la fan page de su mini Pymes, o terminando las borlas de ese mandala a crochet que les encargaron para ayer.

Porque para dedicarse por cuenta propia a lo que a una le apasiona hay que trabajar infinitamente más que yendo a alquilar su tiempo a cambio de un salario.

No hay horario de entrada o salida del trabajo. No hay distinción entre el día y la noche. De hecho, cualquier hora es buena para ponerse manos a la obra porque siempre hay una cantidad enorme de trabajo por hacer.

Y si además de artesanas también son madres, generalmente las noches son sus mejores aliadas para crear, mientras que el resto de los mortales simplemente, duerme.

Eso sí. No hay que entusiasmarse demasiado con la creatividad porque al día siguiente los chillidos de los niños pidiendo el desayuno no perdona nuestro desvelo.

En otras palabras y pese a lo desalentador del panorama que describo, tengo tres razones por las cuales sigo siendo una artesana emprendedora disfrazada de ama de casa:

1) Amo demasiado esto que hago. Una puede renunciar a un empleo que no le gusta y buscarse otro. Pero ¿cómo se renuncia a lo que en verdad se ama? Es imposible.
2) Cultivé la suficiente confianza en mi misma y en mi creatividad como para sentirme capaz de idear nuevas maneras de generar los ingresos que paguen el estilo de vida que quiero vivir.
3) Me haría carmelita descalza o vendería mi alma al diablo si fuera necesario antes que volver a alquilar mi tiempo a cambio de un salario.

Aunque mis ingresos como mucho llegan a cubrir unos pocos gastos domésticos, tengo un marido que se encarga de la subsistencia familiar, y yo trabajo mucho más que él -entiéndase por trabajar atender mi hijo, llevar las tareas de la casa e intentar hacer crecer mi emprendimiento-, mis tres razones son lo suficientemente poderosas para mantenerme en este camino.

Especialmente porque no me veo como carmelita descalza rezando en un frío  claustro en pleno invierno.

Cabe aclarar que no fui ama de casa toda mi vida. Diez años preciosos de mi existencia, los años dorados de mi juventud se fueron atendiendo teléfonos, mandando directrices, direcciones y tarifas por radio base. Fui radioperadora en remisses y telefonista en agencias de motomandado.

No puedo decir que esos diez años trabajando para poder vivir fueron malos. Pero tampoco fueron buenos.

Tuve que renuciar a dos carreras universitarias, porque si sólo estudiaba, me moría de hambre. Tenía que trabajar si o sí para poder comer. Y aunque intenté hacer ambas cosas al mismo tiempo, casi fallezco en el intento. Ah, por cierto no mencioné que a los dieciocho años me fui de casa.

Sumésmole a lo anterior que yo no poseía ni una pizca de autoestima ni confianza en mi misma, por ende, la gente de mi entorno tampoco creía en mi. Nadie allá afuera puede darnos lo que nosotros mismos no tenemos adentro.

Para ser la artesana que hoy soy, no sólo tuve que perfeccionar las técnicas de confección de piezas y aprender a tejer amigurumis.

La mayor obra artesanal de mi vida fue reinventarme a mí misma, moldear nuevas creencias, tejer nuevos sueños, trabajar primero en mi y en quién creía que era, para algún día convertirme en la obra de arte que quería ser.

Y aún continúo trabajando en esa obra en la que quiero convertirme. El día que me toque cerrar los ojos definitivamente a este mundo quiero poder decirme: ¡Que buen, pero que buen trabajo hice!

Ahora bien, como venía diciendo, trabajo tres veces más que mi marido y a cualquier hora del día o de la noche. ¿Porqué trabajo tanto? ¿Porqué el aire es gratis? ¿Porqué soy una adicta a mantener mi tiempo ocupado?

No, señor. Trabajo mucho porque para poder "vivir de mi arte", o mejor dicho, lograr el objetivo de el tiempo que le dedico a tejer no sea tiempo en que pierdo dinero, tengo que crear fuentes de ingresos que no requieran de mi presencia y mi atención constante para generar activos.

En otras palabras y parafraseando a Robert Kiyosaki en "Padre Rico, Padre Pobre" trabajo mucho ahora para que en un futuro no muy lejano mi dinero trabaje para mí y no al revés.

¿O acaso pensaron que alucino hacerme millonaria sólo vendiendo muñequitos de crochet?

Yo sé que exigiéndome al máximo en tejer veinte muñecos al mes,-exigiéndome y no haciendo ninguna otra cosa que no sea tejer- en vez de los ocho que tomo mensualmente y aunque decidiera doblar o triplicar el valor en que actualmente los vendo... ni aún así podría generar la suficiente cantidad de dinero para costear mi vida y la de mi familia.

Los artesanos aunque nos reunamos y formemos un sindicato (de hecho, no seria mala idea tener un marco legal para desarrollar nuestra actividad), aunque salgamos con ollas y pancartas a manifestarnos por las calles reclamando que nos paguen un precio justo por nuestros artículos, no lograremos jamás costear nuestros gastos totales de vivienda, ropa y comida con los productos realizados con nuestras manos.

¿Porqué no? Y esto ya lo dije en el post anterior: porque no tenemos mecanizados nuestros procesos creativos, por ende no podemos fabricar artículos en serie de manera masiva.

Y si mecanizaramos nuestros procesos dejaría de ser artesanal, se convertiría en industrial, y eso sí que ni chiste tiene.

Así que la buena noticia de este post que comenzó tan desalentador empieza a mostrar una luz al final del túnel.

Lo artesanal siempre va a ser artesanal y es bueno que así sea, porque a diferencia de lo industrial, posee un alma, nuestra energía y todo nuestro amor. Fabricar artesanía nos hace bien al espíritu y alegra a sus destinatarios. Amén de que en el futuro cuando todo termine de digitalizarse, y las máquinas reemplacen todos los trabajos mecánicos, tendré la certeza de que ningun robot podrá doblar alambre como yo lo hago, ni tejer muñecos de la misma forma que yo.

No vamos a burlar al sistema capitalista haciendo artesanías. Lo digo porque durante los diez años en que vendí mi tiempo a cambio de un sueldo, fantaseé con la idea de que podía inventar la manera de levantarle el dedo medio al sistema si me mantenía afuera de sus normas.

Es decir, no sólo produciendo artesanía que de por sí es una forma muy diplomática de decirle al sistema que no nos agrada, si no también si evitaba el consumo desmedido de bienes y servicios, reciclaba cartón para fabricarme enseres para la casa, elegía a pequeños productores para comprarles en vez de a las grandes empresas, o jamás meterme en créditos.Y cosas así.

No. No lograremos burlar al sistema aunque paguemos anuncios en Facebook para promocionar nuestras fan page de artesanías, tomemos pedidos hasta el 2058, subamos nuestros precios hasta el infinito, o formemos un sindicato.

De hecho, cuanto mejor nos vaya con las ventas, más manos vamos a necesitar para producir, y puede ocurrir o que baje la calidad de nuestros trabajos, que nos volvamos locos de tanto estrés, que no tengamos tiempo para atender otras cosas importantes o bien que nos veamos obligados a rechazar encargos. Todo lo cual, he notado que ya me viene sucediendo, especialmente lo del stress y lo de tener que rechazar encargos .

Si el pequeño emprendimiento empieza a crecer, una debe ir previendo la situación de pagar por ayuda extra. Sin embargo, eso no soluciona lo del tiempo de producción, que sigue siendo finito y limitado.

Las palabras mágicas que aprendí estos últimos años, y que si las hubiera sabido en mi juventud sin duda las habría usado son (en el ámbito de nuestras finanzas artesanales): ahorro e inversión; (y en el ámbito de nuestra persona): crecimiento personal, autoeducación, y reinvención constante de uno mismo.

Si me gastara todo lo que gano vendiendo muñequitos sin reservar un porcentaje para la compra de insumos y otro porcentaje para el ahorro, mi emprendimiento no tendría gracia.

Borrarme la raya del trasero de tanto estar sentada tejiendo, escribiendo o publicando en redes sociales y blogs durante interminables horas para gastarme todo lo que gano así sin más, sería una locura, que además me mantendría siempre en mismo lugar, dando vueltas como un hámster en su rueda y sin posibilidad de crecer.

Y aquí es donde entra a jugar la autodisciplina que una forma creciendo, autoeducándose y reinventándose: ahorrar  requiere un esfuerzo extra de nuestra parte para no tentarnos de gastar el dinero en nimiedades.

Y para aprender que cosas son innecesarias en nuestra vida y cuáles importantes una tiene que hacer otro esfuerzo más: tomar coraje, mirar para adentro y hacerse preguntas difíciles. Muchas de las cuales luego exigen que cambiemos nuestras creencias acerca del mundo de manera radical.

Así que recapitulando, volviendo al principio de la reflexión y con la manifiesta intención de mostrarle a Ceci G. que sí existe luz al final del túnel...

La dicotomía entre trabajar fuera de casa para pagar las facturas y que eso no nos deje tiempo para trabajar en nuestro arte es una situación absolutamente desesperanzadora y asfixiante.

Lo viví, lo sentí, y es horrible.

¿Cómo salí yo de esa situación? Podria decir que fue un golpe de suerte encontrar a mi Rafa, que no solo cree en mis talentos, me apoya, me alienta a seguir, me da espacio para crecer en mi arte, y trabaja todos los días para mantener a nuestra familia.

Pero no fue suerte y eso lo sé con certeza.

Trabajé en cada detalle de mi formación personal, analicé cada creencia descartando las que ya no servían, remplazándolas por otras nuevas, escribí montones de cuadernos diseñando como quería que fuera mi vida en todos los ámbitos, me leí cientos de libros, tutoriales, artículos desde autoayuda hasta marketing digital, me hice preguntas horrorosamente díficiles, cambié hábitos, me miré adentro para descubrir mis propias miserias, perdoné a mis maestros de vida por enseñarme lecciones de manera desagradable, me hice reiki, practiqué yoga, observé el mundo a mi alrededor tratando de no juzgarlo, desarrolle mi propio sentido común, aprendí a quererme, a confiar en mis talentos, en Dios y en la Vida...

Hice todo esto y muchas otras cosas más.

Tanto trabajé en mi que un día llegaron los resultados. Asi que suerte no fue.

Cuando empecé a quererme y a ayudarme a mí misma, aparecieron las personas dispuestas a ayudarme. Lo que tenemos adentro, siempre se refleja afuera de nosotros.

Y tanto texto escrito hasta aquí sólo para dejar este simple mensaje y la pregunta dificil para Ceci G. y para todos aquellos que se hayan sentido identificados con la problemática que describí:

El afuera refleja lo que tenemos dentro.
¿Estás dispuesta a reinventarte a vos misma para que el afuera cambie?

Ojalá y mi experiencia vivída y narrada aquí sirva de testimonio de que sí, es posible.

Y que no sólo se trata de defender mi oficio como tal, (aunque jamás pagará mis facturas si mi meta solo fuera tejer muñequitos) como lo hice hace dos post, o explicar el origen del valor de mi trabajo en ¿Te parece caro mi trabajo? sino que también se comprenda que detrás del oficio existe muchísimo más que la habilidad y la destreza para crear piezas artesanales.

Ser artesano y desempeñarse como tal en la vida cotidiana implica primero que nada adquirir la habilidad y destreza de convertirse en artesano de uno mismo.







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Botas de crochet: sufrimiento 100% ¡Garantizado! 

 

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El día que terminé a Henry

 

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viernes, 8 de septiembre de 2017

Botas de crochet: sufrimiento 100% ¡Garantizado!

Todos en algún momento nos encontramos con algún desafío, un reto inesperado. El problema no son los retos en sí mismos, sino las condiciones o el contexto en los que aparecen.

Algunas condiciones son más propicias que otras, y auguran un resultado feliz, o lo que es lo mismo: reto superado y además en poco tiempo.

Otros contextos dificultan las cosas o bloquean el camino. Aseguran la no concreción de ese desafío. O simplemente tornan el camino más tortuoso, y más largo para llegar al resultado esperado.

El caso que les voy a contar hoy es de un desafío que me tocó afrontar estas últimas semanas: hacer unas benditas botas a crochet.

El contexto en el que se desarrolló lo que a simple vista no debería significar más que un pedido entre otros, no era precisamente de los más propicios.

Y lo que ocurre es que la gente que le quiere a una, sobreestima sus capacidades. Mis amigas ven mis publicaciones y alucinan que soy capaz de tejer un avión amigurumi en tamaño real con un pedazo de hilo.

Y no. Una tiene limitaciones. Una puede ser muy hábil tejiendo muñequitos, u otras cosas en crochet, pero no tooooodo le va a salir siempre bien. No funciona así. ¡Perdooooón! Pero no nací tejiendo.

Las cosas que una nunca hizo llevan su tiempo de experimentación, su proceso de ensayo-error/desperdiciar material a lo loco/maldecir mucho... rezar mucho, pensar mucho, exprimirse el cerebro mucho. Todo, mucho. Hasta que en algún momento se logra. Y sale. Y queda lindo, sí también.

Pero la gente que le quiere a una, sobreestima sus habilidades. Por aprecio, por cariño. ¿Por exceso de confianza, tal vez?

Por eso hay que tener mucho cuidado cuando son nuestras amigas las que nos hacen un encargo. Hay que ser cautelosa porque la vara es muy alta a causa de esa sobreestima y confianza que ellas nos tienen.

Eso fue lo que pasó con mi amiga Laura y el encargo de sus botas a crochet.

Laura es una mujer multifascética. Es tan o más artesana que yo. Sabe coser, enseña bordado hindú y mexicano. También sabe tejer. Incluso conoce las técnicas de fabricacion de calzado entre las muchas otras cosas que hace, como scrapbooking o el filigranado de papel. Casi olvido mencionar que encima de todo lo ya enumerado, es asesora de imagen.

Yo todavía me pregunto que planeta se alineó o conspiró en su mente contra mí el día que me encargó aquellas dichosas botas. Porque si algo tengo claro es que ella era perfectamente capaz de hacerse sus propias botas a crochet artesanales con el cúmulo de conocimientos que posee y su vasta experiencia en el mundo manualista y de la confección de objetos y prendas únicos.

Sin embargo, como buena artesana, Laura también consume artesanía. No se si sólo me ocurre a mi -o a todos les pasará- que cuando compro un objeto único proveniente de otro artesano siento que pago monedas a cambio de un lingote de oro. A mi me ha pasado todas las veces.

En mi mesa de trabajo tengo una bandeja preciosísima en mosaiquismo donde pongo las piezas que voy tejiendo, una caja de un carpintero artesano con detalles pintados a mano donde guardo cosas chiquitas como los ojos de seguridad de los muñecos, y un cofrecito con arabescos en masilla y piedras donde guardo mi bijou. Esos objetos son muy importantes para mi porque fueron confeccionados a mano.

Y creo adivinar que a Laura le ocurre algo parecido a lo que yo siento: le gusta adquirir objetos hechos a mano. Las susodichas botas no son el primer encargo que me hace.

Sin embargo aunque puede y sabe como hacerlas, decidió confiar la confección del calzado "con el que voy a marcar tendencia" -esas fueron sus palabras-, a mí.

A mí, justo a mí... la Doctora Juguetes, que estudió calzado artesanal sí, pero abandonó a la mitad del curso por embarazo.

Ya en aquellas época de estudiante de zapatería me la pasaba lanzando improperios y maldiciendo lo terrible, dificultoso y complejo de la confección de calzados.

Es que ¡vamos! Los pies de la gente son un misterio más inexplicable que el Triángulo de las Bermudas.

Nadie calza el mismo talle. Algunos tienen los pies planos. Otros el empeine alto. Existen pies del mismo talle, más finos, más gruesos, más flacos, con juanetes, con el segundo dedo más largo que el dedo gordo, hay pies fríos, calientes... ¡ufff!

Pedir el talle y el color de hilo para hacer unas botas son datos por demas insuficientes a la hora de confeccionar un zapato, especialmente uno tejido. Se empieza por ahi, pero es solo el comienzo.

Cuando Laura, el día que los planetas se alinearon e influenciaron su mente para que me hiciera el pedido, suspiré, anote el encargo, me dije: "después veo cómo las hago", cerré el cuaderno y olvidé el asunto.

Después de todo le había dado demora de un mes, y tenía otros pedidos anteriores esperando a que los terminara. Cuando llegara el momento me ocuparía de ello.

Ese momento llegó, claro, al mes siguiente. Y el contexto era más o menos este: yo venía de tres largas semanas creando el patrón de un conejo Disney, el cual me agotó mentalmente. Básicamente tomé mis neuronas y las exprimí como si fueran naranjas.

Había tejido y destejido la primer muestra. Y luego comencé el segundo muñeco -propiamente el del encargo- con hilo 100% acrílico, ya que no había conseguido hilo de algodón del color apropiado.

Odio tejer en acrílico. Me fastidia sobremanera. No es un material que me haga sentir cómoda trabajarlo.  Esos días de pleno invierno, acá en el Litoral argentino hacía treinta grados de calor.

La combinación sudor en las manos/hilo acrílico/aguja de crochet de aluminio, me hacia rechinar los dientes y me provocaba escalofríos con cada puntada que daba. ¡Uy! ¡De sólo recordarlo me vuelve a dar chucho! ¡Agggggg!

Y por último había decidido bordar los ojos del muñeco por separado. Bordar ojos era algo nuevo para mí, aunque conozco las técnicas básicas nunca había bordado con ese fin.

Por esos días en que tenía que empezar las botas de Laura ya venia de enfrentar un reto artesanal que me había agotado y estresado un poco por el tiempo invertido. En el mismo lapso de tres semanas en el que termino tres muñecos, sólo había tejido uno.

Ya estaba atrasada y había perdido la performance.

También se sumaron nuevos pedidos y la lista fue alargando el tiempo de espera que doy a mis clientes: de un mes a dos meses para empezar a trabajar en sus encargos.

¡Estaba histérica! ¿Hacer esperar dos meses a mis clientes? Eso sin contar los nuevos pedidos con fecha límite que tuve que rechazar por no llegar con el tiempo que me pedían. Me empecé a preguntar en que me momento se suponia que iba a vivir un poco mi vida.

Había decidido pasar de largo las publicaciones de blogs y redes sociales, dejar en pausa la escritura del libro, amontonar los platos en la mesada y llenar los canastos de ropa sucia hasta que explotaran y dedicarme exclusivamente a tejer.

Y arranqué las botas antes de ir a comprar el hilo, haciendo innumerables agujeritos en una suela de taco chino que me había quedado de mi época de estudiante del taller de calzado.

Hacer agujeritos me llevó dos tardes. Una tercer tarde la utilicé en la compra de hilo. Y una cuarta, para tejer las primeras dos hileras del zapato. En otras dos tardes saqué medidas y recorté contrafuerte, que es un tela dura que se usa para reforzar puntera y talón para que el calzado conserve la forma.

Desde ahí tuve que suspender unos días la confección de las botas porque el niño de los pantalones divertidos levantó fiebre consecuencia de una gripe. Mi marido y yo nos concentramos únicamente en atender de él.

Retomé las botas un domingo. Rafa se llevó al pequeño niño que creíamos ya recuperado a visitar a la abuela y yo me quedé toda esa tarde tejiendo.

Tejí, destejí. Tejí, destejí. No le encontraba la vuelta. No conseguía la forma pese a que estaba usando una horma de madera de molde. Seguí en mi faena el lunes. Tejí, destejí. Y terminé la primera mitad.

Martes al mediodiá publiqué orgullosa mis avances en Instagram. Por la tarde volví a mirarlas mejor y no me terminaba de gustar el resultado. Desaté todito, dejando sólo las primeras dos hileras de la base.

Seguí martes por la tarde, y miércoles. Ya empezaba yo a levantar temperatura por la frustración de tejer y destejer, multiplicado por dos, ya que cada hilera que tejía en un lado de la bota, repetía en la segunda para que fueran iguales. Cuando desataba tres hileras de un lado, también debía destejer en el otro.

Quien terminó haciendo eco de mi sentir fue mi hijo, que esa noche levantó treinta y nueve grados de fiebre, porque resultó ser que no se había curado del todo de la gripe. Y así estuvo durante cuatro días: fiebre, fiebre, fiebre. Un horror.

La doctora dijo: "Son anginas, este estado dura cinco días". Genial. Lo último que me faltaba.

Así y todo y me las amañé para seguir tejiendo de a ratos. Llegó viernes y le dije a Laura: "Fijate si te gustan así, porque si hay que hacer alguna modificación, el momento es ahora. Una vez que cosa el contrafuerte ya no voy a poder desatar".

-Cecy...- me dijo. -Yo quería con la suela plana, no con taco chino.

¡¿QUE?!

Releí nuestras conversaciones. Fui a la parte donde yo le decía: "Lau tengo acá un taco chino ¿Querés que las haga con ese?"

Y ella me respondía: "Mejor con la otra".

Esa frase "Mejor con la otra" mi cerebro no la había registrado en absoluto. Si ella me decía "hacela con suela plana" o "no quiero taco chino" quizás este cuento habría sido otro.

Pero la bendita frase "Mejor con la otra" mi cerebro interpretó: "Mejor con ese", es decir con el taco chino.

Ya venía notando en mí que el stress, el atraso con mis pedidos, la fiebre de mi hijo y el desorden de mi casa me tenían tan trastornada que olvidaba cosas, lo cual es muy raro en mi, porque poseo una memoria de elefante.

Cuando Laura me dijo que la base de las botas era plana y no con taco simplemente colapsé. Era demasiado. Mi hijo enfermo, mi casa un tiradero. Una larga lista, no sólo de encargos, sino de tareas que venía pateando para después por falta de tiempo.

Mi mesa de trabajo está al lado de la ventana que da a la calle. Sólo tenía que estirar el brazo, abrir la ventana y arrojar las benditas botas por el balcón. Y olvidar para siempre mi pretensión de confeccionar calzado artesanal. 

En ese momento me dije a mi misma que eso no era lo mío, me sentí incapaz, frustrada por no terminar un pedido. Impotente, enojada, furiosa.

Me había costado tanto llegar hasta ahí que no tenía ni tiempo ni energías para empezar una nueva bota con las suelas planas. De hecho, me juré no volver a intentar hacer calzado nunca jamás de los jamases.

-Lau, no quiero hacer unas nuevas botas. No quiero volver a hacer esto nunca más en mi vida. Simplemente no quiero.

-Dejalas así te las compro igual- me respondió

-No, querida, no te voy a cobrar por un trabajo mal hecho.

-¿Sabes qué, Cecy? Respirá hondo y después hablamos. Dejá las botas, atendé tu hijo y listo.

-Tenés razón, mejor me voy a mirar la tele, que dicho sea de paso, hace meses no la miro.

Agarré mi teléfono y me descargué el Candy Crush, el Diamond no se qué, el Pet Rescue Saga, y el Bubble Witch o algo así. Y me los jugué todos. Me puse a lavar la ropa, a limpiar mi casa, y a mirar la tele. Bueno, no precisamente mirar la tele. Senté en mi regazo a mi convaleciente hijo, lo abracé fuerte y él miró La Casa de Mickey Mouse.

Recién el lunes retomé las botas y seguí guerreando dos días más, en los cuales estuve a punto de lanzarlas efectivamente por el balcón al comprobar que colocarle una hebilla de cierre no era lo más apropiado.

Mi marido, al verme resoplando como toro enfurecido, me tomó por las astas, agarró las botas, las miró, las volteó, las volvió a mirar.

-¿Porqué decís que están horribles? ¡Están buenas!

Yo le lancé un largo discurso explicándole porque eso estaba mal, y aquello otro también. Y eso, y eso, y eso. Todo estaba mal. Reconozco que a veces soy un poco dramática y fatalista. Bueno, está bien; si soy dramática y fatalista. Ok, ok, soy muuuuy dramática y fatalista ¿y qué?

Rafa me dijo: "Sacale esa hebilla, colocale un  botón aca y otro acá y listo".

Y así lo hice.

Cuando até el ultimo nudo y corté el último hilo sentí como desaparecía de mis hombros y espaldas una mochila de cien kilos que había cargado durante varias semanas.

Suspiré hondo y hasta me atreví a sonreír. Lo había logrado. Muy a duras penas, con todas las circunstancias en contra, pero lo había conseguido.

Hoy por la tarde fui a entregarle sus nuevas botas "para marcar tendencia" a mi amiga Laura.

Fue como si de repente ella se hubiese convertido en una suerte de Cenicienta moderna. Nada más calzárselas, esas botas que habían garantizado mi sufrimiento durante varias semanas, a las que yo veía horribles y mal hechas -que hasta me sacaron callos en los dedos por primera vez en veinte años de tejer crochet- en sus pies mágicamente cobraron vida. ¡Le quedaban perfectas!

¡Ni que las hubiese tejido especialmente para ella!







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